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Mi experiencia como músico y educador.

 

La música ha estado siempre ligada a mi vida. Gracias al apoyo de mis padres y hermanos mayores aprendí a tocar la guitarra con apenas 5 años de edad. Mi padrino, Macedonio Jiménez Castro (†) me regaló una guitarra cuando cumplí 6 años, luego respaldó el proyecto musical de la familia con instrumentos eléctricos y clases de música, de ahí nació un grupo musical (Gaviota) que me ha hecho permanecer ligado al arte de la música como autor, intérprete, estudiante y profesor.

De niño estudié ocasionalmente en el Conservatorio de Castella y recibí lecciones privadas con el maestro Joaquín Ureña (†) en Desamparados. Al finalizar la secundaria ingresé a la Escuela de Música de la UNA y al programa juvenil de la Orquesta Sinfónica. En esa misma época me solicitaron enseñar música en el Liceo de San Antonio y en el Liceo Monseñor Odio en Desamparados, labor que realicé durante dos años. A esa experiencia se sumaron dos instituciones más; el Liceo de Aserrí, del cual soy egresado, y el Liceo de San Miguel en Desamparados.

Después de esos dos años no volví a dar lecciones de música ya que se incrementó la actividad del conjunto familiar y me dediqué de lleno a la producción musical y la ejecución de la música en vivo. Sin embargo voy a referirme con más detalle a mi experiencia como profesor.

Tomé esa responsabilidad siendo muy joven y apenas saliendo del colegio, sin haber recibido capacitación pedagógica alguna, pero con mucho entusiasmo e idealismo, ya que el Liceo de San Antonio era nuevo y  yo sentía que podía forjar la apreciación musical de los adolescentes empezando de cero. Y así fue. Dejé de lado los programas oficiales de educación musical que me recordaban las aburridas lecciones que yo mismo había recibido en Aserrí, donde se enfatizaba en historia de la música y canto de himnos, traté de identificarme con el gusto musical de los jóvenes, cantar y analizar sus canciones favoritas, darles a conocer obras de calidad superior a lo que se escucha cotidianamente y sobre todo, a disfrutar de la clase de música. Los himnos se cantaban, pero con previo análisis de su letra, enfatizando en su valor histórico y cívico, analizando también sus cualidades  armónicas y melódicas de manera que, al cantarlo en el acto cívico los estudiantes lo sintieran como  parte de ellos mismos, de su propia historia.

Cada vez que me encuentro hoy en día con alguno de mis exalumnos, me recuerdan lo bien que la pasaban en esas clases. Creo que logré lo que dice Paul Lehmann “La tarea del maestro de música consiste sencillamente en mostrar al estudiante la belleza que existe en la música”.
Pasada esa época de profesor continué como dije antes ligado al espectáculo, componiendo música en diversos géneros, tocando y cantando por todo lugar. Esa también ha sido una grata experiencia pues el contacto con el público y la ejecución continua de los instrumentos hace vivir la música de la manera más práctica.

Como mencioné, había ingresado a la UNA como estudiante pero no terminé mis estudios por falta de tiempo, luego volví a esa escuela con el objetivo de lograr mi licenciatura en educación musical. No sé si volveré a las aulas como profesor, ya que mi campo más desarrollado es la producción musical, sin embargo mi título de licenciado en educación musical es un respaldo a esta vocación de enseñar que me ha acompañado durante mi vida.

Lic. Carlos Guzmán B.

 

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